Justo en el 2002, cuando se cumplían 30 años del atentado terrorista del grupo palestino “Septiembre Negro” en los Juegos Olímpicos de Munich (Alemania, 1972), el nadador ecuatoriano Jorge Delgado Panchana decidió devolver a la esposa del luchador judío Joseph Romano una reliquia que, desde entonces, atesoró: un pin que, cinco días antes de su muerte, el joven atleta había cambiado con él cuando ambos representaban a sus países en los Juegos.
La sencilla ceremonia de entrega se cumplió en el Salón Azul del Comité Olímpico Ecuatoriano. Delgado sacó de uno de sus bolsillos el cofrecito azul en el que conservaba el recuerdo y se lo entregó a Johnny Czarninsky, cónsul honorario de ese país en Guayaquil, bajo promesa de hacerlo llegar a su destino.
El acto era uno de los tantos que se cumplían en el mundo con motivo del trigésimo aniversario de aquel hecho sangriento que marcó un antes y un después en la confrontación árabe-israelí, y que llevó a decir a Abu Daoud o Mohammed Oudeh, único sobreviviente de los guerrilleros que participaron en el ataque: “antes de Munich, sencillamente éramos terroristas. Después de Munich, la gente empezó a preguntarse quiénes éramos esos terroristas”.
Aquel asalto que terminó con la muerte violenta de 17 personas -entre deportistas israelíes (11), terroristas (5) y un oficial de la Policía alemana- ha vuelto a las páginas de los diarios gracias a ‘Munich’, la no muy bien recibida película del director estadounidense Steven Spielberg, que se estrenó hace una semana en las salas de cine de Guayaquil.
Entre la delegación ecuatoriana que viajó a los Olímpicos de Munich en 1972, se encontraba el plusmarquista y cinco veces finalista olímpico guayaquileño, Jorge Delgado Panchana. Aunque en la madrugada del 5 de septiembre de 1972 dormía a 400 metros de los hechos, en una de las habitaciones de la Villa Olímpica, las ráfagas de las ametralladoras lo despertaron. “Yo oí los tiros. No sé cuántos. Pero fueron varios”, recuerda.
La delegación ecuatoriana se encontraba en el piso 13 de uno de los tantos edificios con que contaba la Villa Olímpica, convertida hoy en una cómoda ciudadela de apartamentos. El alojamiento tenía dos dormitorios. Él y su padre, jefe de la misión olímpica, compartían uno. En el otro estaban el boxeador Jorge Mejía y Abdalá Bucaram (todavía muchos se preguntan cómo con ese nombre no se metió en problemas entonces).
Como anécdota, Delgado cuenta que Bucaram, quien iba a competir como velocista en 100 metros planos, no participó debido a que se lesionó al pasar a entrenar de la pista de carbón en Guayaquil a la de tartán de Munich. Se lesionó. Bucaram no escuchó nada. Delgado sí: “cuando oí los disparos me levanté. Me senté en el borde de la cama. Luego volví a acostarme porque todo volvió al silencio. Ninguno de los que estaban conmigo se despertó. Eran como las 4:00”.
En realidad las 4:40. La sorpresa fue cuando salieron a tomar el desayuno. Toda la villa estaba acordonada. La festiva Munich, la misma que le había impresionado a su llegada por el plástico -“mucho plástico”- el derroche de color y una arquitectura de trazos rectos, geométrica y colorida como un cuadro de Kandinsky, ya no era la misma.
Era verano y hacía mucho calor. Por todos lados se escuchaba la canción Popcorn del grupo Hot Butter, tan pegajosa como la baba del caracol. Pero esa mañana, justo esa mañana cuando iban a tomar el desayuno, la ciudad alegre parecía asaltada por la confusión y la zozobra.
“Aunque los policías fueran todos de calentador, se podían identificar. Llevaban armas y chalecos antibalas. Tenían cerrado el paso hacia la concentración israelí”, recuerda el hoy presidente de la Federación Ecuatoriana de Natación.
Nadie daba información de lo ocurrido. Todo era hermetismo. Rumores. “Había la inquietud, pero nadie sabía nada. Hasta que Voltaire Paladines Polo, presidente del Comité Olímpico Ecuatoriano, nos reunió para advertirnos del hecho”.
En la madrugada del martes 5 de septiembre de 1972, un grupo de terroristas palestinos, disfrazados de deportistas, al mando de Luttif Afif, saltó las verjas de la Villa Olímpica, irrumpió en las habitaciones de la delegación judía que participaba en las olimpiadas, mató a dos y tomó a nueve de rehenes.
Pedían, a cambio de soltarlos, que el gobierno de Golda Meir liberara a 234 palestinos presos en cárceles de Israel. El acuerdo con los terroristas era viajar a Egipto.
Pero El Cairo se negó a recibirlos en su territorio. El presidente Anward El Sadar dijo que su país no podía garantizar la seguridad de los atletas judíos. La Policía germana montó un plan para rescatarlos. En helicópteros, trasladó a terroristas y rehenes hasta la pista de Fürstenfeldbruck, a veinte minutos de Munich, supuestamente para embarcarlos rumbo a Egipto. En realidad era una emboscada que terminó en masacre.
En medio de ráfagas de metralleta, hacia la medianoche del 5 de septiembre y el amanecer del 6, habían muerto nueve deportistas y cinco terroristas. Los otros tres heridos fueron arrestados. Delgado solo pudo verlo por los telediarios. Hubo banderas a media asta. Las condenas de siempre.
El retiro de las delegaciones árabes. Misas. Voces que pedían suspender los juegos. “Fue terrible”, según Delgado. “Después de eso los Juegos no fueron lo mismo”. De hecho, no podía creer que entre los muertos estuviera Romano. Cinco días antes, Delgado conversó con él por escasos minutos, mientras ambos hacían la fila en el banco de la Villa para cambiar, por marcos alemanes, los pocos dólares de los viáticos que recibían.
“Era un tipo simpático. Estaba delante mío. Como la fila era larga, le llamó la atención la divisa que me colgaba del uniforme. En inglés Joseph me dijo que si lo podíamos cambiar. Yo le dije que sí. Que si me daba uno de Israel yo le daba el mío”.
Para Delgado, el luchador israelí era inconfundible. “Tenía un gran afro, me acuerdo. Unas patillas enormes. Era un hombre muy fuerte, extremadamente fuerte. Medía 1,65 aproximadamente. Lo que impresionaba de él era su cuello, su pelo y sus patillas”.
Romano felicitó a Delgado por su cuarto puesto en natación, por llegar muy cerca del monstruo de las piletas Mark Spitz. “Me dijo que venía a participar en lucha, pero no veía muchas posibilidades. Que lo importante para su país era estar presente en eventos de estos”.
Hasta que llegó el turno de cobrar las divisas. Delgado volvería a ver a “ese amigo”, que le pareció un enamorado de la vida, en la televisión. Había muerto al intentar desarmar a uno de los terroristas.
En los 34 años que han transcurrido desde ese septiembre negro de 1972, también lo ha visto en muchas películas. Pero solo en una sintió los nervios como de novio traicionado.
Sucedió en 1975, en la Southern Illinois University (SIU), donde estudiaba Educación Física y Relaciones Públicas. “Me interesó asistir al documental ‘Masacre en Munich’ que anunciaban en la Universidad. Pronto descubrí, por sus trajes, que la mayoría de los espectadores presentes en la exhibición eran estudiantes árabes.
Cuenta Delgado, que “en el clímax del drama, cuando los rehenes israelitas vuelan en pedazos, gritaban: ¡Alá akbar!, ¡Alá akbar! Se pusieron de pie, se abrazaron y bailaron. Yo me paré y me fui”. La otra, la de Spielberg, ¿la vio? “Sí, con mi hijo mayor. En la película hay una toma real de Romano. La verdad me estremecí al verlo. Sentí decepción de la raza humana”.
Treinta años después, conmovido por la solidaridad del mundo ante aquel hecho, pensó que era mejor devolver, a la familia, el pin que intercambió con el luchador judío. “Se lo di al cónsul de Israel en Guayaquil Johnny Czarninsky. Hace pocos días supe que su esposa, Nelly, viajó a Israel y personalmente se lo entregó a la viuda”.
En la entrega estuvieron las dos hijas de Romano y sus nietos. Conmovida por el detalle, sin sospechar que, 30 años después, alguien del otro lado del mundo aún lo recordara, decidió que aquel detalle quedara en manos de su nieto varón.